semillas del futuro

Educación Espírita Infancia, Juventud y Familia C.E. León Denis

La familia de los punteros

El señor Onofre era el relojero conceptuado en la ciudad, inventor creativo, atendía a numerosos pedidos de arreglos de relojes, principalmente de relojes de pared, su especialidad.

Había uno, no obstante, el gran reloj de  cuco, que no estaba a venta, pues el señor Onofre tenía gran estima a la familia de punteros que trabajaba en él.

Era llamado el gran reloj de cuco porque al llegar el mediodía, salía de dentro de él, a través de una pequeña portezuela, un pajarillo cantando: ¡Cuco! ¡Cuco! Era el Cuco Cauby.

La familia de punteros, amigos de Cauby, dividían la importante tarea de marcar el tiempo de la siguiente manera:

El señor Veloz, muy espigado, paseaba rápido por el reloj, indicando los segundos.

Su esposa, doña Paciencia, no tan espigada ni ágil como su marido, mostraba los minutos, dando un paso adelante toda las veces que el señor Veloz la adelantaba.

Horacio, el hijo del matrimonio, por su parte, debía contribuir a la labor de los padres, señalando las horas muy despacio.

Pero había un gran problema.

Horacio era poco prestativo. No dejaba el número 12, por eso siempre que la familia se encontraba, el reloj marcaba el medio día, hora de la comida, fiesta para todos, porque el Cuco Cauby surgía llamando:

-¡Cuco! ¡Cuco! ¡Cuco!…

Doña Paciencia, muy amorosa, llamó la atención a su hijo:

-Horacio, tienes que trabajar, contribuir para demostrar tu gratitud al gran Cuco que nos acoge en su casa.

-¡Ah, mami! –contestó, perezoso.- ¿Para qué moverme? Vosotros ya hacéis lo suficiente por mí y por vosotros. Además, es bueno quedarse quieto, la hora de comer llega más rápido.

-¡No, hijo mío! –observó doña Paciencia.- No basta desear simplemente que sea la hora de la comida, el señor Onofre sabe cuánto tarda en llegar.

-¡Claro que no! Somos nosotros los que se la enseñamos.

Y, aunque su madre le alertase de la importancia de su colaboración, Horacio evitaba hacer su parte, prefiriendo quedar ocioso, viendo a sus padres trabajar y trabajar…

Aún así, el señor Onofre percibió que algo extraño ocurría. ¿Por qué el Cuco Cauby estaba cantando antes de la hora?

Cogió el reloj, buscó el defecto y comprobó que era el pequeño puntero de las horas –Horacio, el causador de la confusión.

Entristecido, se vio forzado a desmontar al gran reloj que, si estaba estropeado, solo le causaría contratiempos.

Aprovechó las piezas perfectas para la fabricación de un nuevo modelo, quedando Horacio, el único que no colaboraba, olvidado en la estructura del antiguo reloj.

Pronto la soledad hizo de Horacio un punterito triste.

-¡Ah! Si pudiese revivir la alegría de las horas…. ¿Pero solo? ¡Imposible!

Cauby, el señor Veloz y doña Paciencia continuaron en el cumplimiento de la tarea que tenían, ahora en otra máquina.

El señor Onofre, notando la falta de entusiasmo del canto del Cuco Cauby y el desánimo en los pasos del matrimonio de punteros, preguntó sobre el motivo de su tristeza, y el señor Veloz le contestó:

-¿Sabe qué pasa, señor Onofre? Sentimos la falta de Horacio. No es que no nos guste el nuevo puntero que marca las horas pero Horacio es nuestro hijo…

Y Cauby habló de la falta que hacía el amigo, pues la familia unida es siempre una alegría.

Enternecido, el señor Onofre decidió volver a montar el antiguo reloj, aunque no funcionara bien. Lo importante para él era la felicidad de todos. Recolocó las piezas en el viejo reloj de cuco y… se sorprendió al verificar que el puntero de las horas trabajaba feliz y con precisión.

Horacio, muy feliz con el regreso de su familia y del amigo Cauby, pasó a colaborar, marcando las horas, pues había aprendido una gran lección: “Cada uno tiene un papel importante dentro de la familia, incluso, en la gran familia universal y todos necesitan trabajar en conjunto”.

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Traducción: Claudia Bernardes

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