semillas del futuro

Educación Espírita Infancia, Juventud y Familia C.E. León Denis

La Educación

Es por la educación que las nuevas generaciones se transforman y perfeccionan. Para una sociedad nueva son necesarios hombres nuevos. Por eso, la educación desde la infancia es de importancia capital.

No basta al niño los elementos de la ciencia. Aprender a gobernarse, a conducirse como ser consciente y racional, es tan necesario como saber leer, escribir y contar: es entrar en la vida armado no solamente para la lucha material, sino, principalmente, para la lucha moral. Es en eso en lo que menos cuidado se tiene. Prestase mucha más atención en desarrollar las facultades y los lados brillantes del niño, que sus virtudes. En la escuela, como en la familia, hay mucha negligencia en esclarecerles sobre los deberes y sobre su destino. Por lo tanto, desprovisto de de principios elevados, ignorando el objetivo de la existencia, en el día en que entre en la vida pública se entrega a todas las trampas, a todos los arrebatos de las pasiones, en un medio sensual y corrompido.

Incluso en la enseñanza secundaria, se empeñan en llenar el cerebro de los estudiantes con un acervo indigesto de nociones y hechos, de fechas y nombres, todo en detrimento de la educación moral. La moral de la escuela, desprovista de sanción efectiva, sin ideal verdadero, es estéril e incapaz de reformar a la sociedad.

Más pueril todavía es la enseñanza dada por los establecimientos religiosos, donde los niños son dominados por el fanatismo y la superstición, no adquiriendo sino ideas falsas sobre la vida presente y la futura. Una buena educación es raras veces, obra de un maestro. Para despertar en el niño las primeras inspiraciones al bien, para corregir un carácter difícil, es necesario a veces la perseverancia, la firmeza, una ternura de que solamente el corazón de un padre o de una madre puede ser susceptible. Si los padres no consiguen corregir a los hijos, ¿cómo podría hacerlo el profesor que tiene un gran número de discípulos para dirigir?

Esa tarea, sin embargo, no es tan difícil como se piensa, pues no exige una ciencia profunda. Pequeños y grandes pueden realizarla, a condición de que se imbuyan del objetivo elevado y de las consecuencias de la educación. Sobre todo, es preciso que recordemos que esos espíritus vienen a cohabitar con nosotros para que les ayudemos a vencer sus defectos y les preparemos para los deberes de la vida. Estudiemos desde la cuna, las tendencias que el niño ha traído de sus existencias anteriores, apliquémonos en desarrollar las buenas y aniquilar las malas. No le debemos dar muchas alegrías, pues es necesario habituarle desde pronto a la desilusión, para que pueda comprender que la vida terrestre es ardua y que no debe contar sino consigo mismo, con su trabajo, único medio de obtener su independencia y dignidad. No tratemos de desviar de él las acciones de las leyes eternas. Hay obstáculos en el camino de cada uno de nosotros, solamente el criterio enseñará a eliminarlos.

La educación basada en una concepción exacta de la vida, transformaría la faz del mundo. Supongamos cada familia iniciada en las creencias espiritualistas sancionadas por los hechos y enseñándolos a los hijos, al mismo tiempo que la escuela laica les enseñase los principios de la ciencia y las maravillas del universo: una rápida transformación social se operaría entonces bajo la fuerza de esa corriente doble. Todas las llagas morales son provenientes de la mala educación. Reformarla, colocarla sobre nuevas bases traería a la Humanidad consecuencias inestimables. Instruyamos a la juventud, aclaremos su inteligencia, pero, ante todo hablemos a su corazón, enseñémosles a despojarse de sus imperfecciones. Recordemos que la sabiduría consiste en volvernos mejores.

DENIS, Léon. Despues de la Muerte. 17. ed. FEB, Rio de Janeiro, 1991, p. 309-312.

Tradución: Claudia Bernardes de Carvalho

Ilustración: site Educación em Valores

 

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Inicio del curso de Educación Espírita infanto-juvenil en el CELD

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Comienza el curso de Educación Espírita infanto-juvenil

Queridos amig@s,

Queremos anunciaros que el próximo viernes, día 14 de septiembre, damos comienzo a las clases de Educación Espirita infanto- juvenil. Después de meses preparándolo todo estamos listos para empezar con esta hermosa tarea con mucha ilusión.

El Proyecto SEMILLAS DEL FUTURO está listo para dar un paso más.

Las clases serán todos los viernes de 18 a 19:00h en el Centro Espírita León Denis. En ellas, nuestros niños aprenderán con juegos, música, teatro, manualidades. La ídea es abrir un espacio adecuado para que ellos se acerquen a la realidad del espíritu.

Os informamos, también, que todos los últimos viernes de mes habrá lo que llamamos un “Encuentro de familia” con interesántísimas charlas sobre temas de actualidad y que afectan a nuestros niños y jóvenes a la luz de la Doctrina Espírita.

Todos aquellos que estéis interesados en traer a vuestros hijos, nietos, sobrinos, etc. para participar en este espacio de encuentro, divertimento, pero sobre todo conocimiento podéis poneros en contacto con nosotros a través de la dirección de e-mail: leondenisce@gmail.com

Pronto os ofreceremos información sobre las charlas previstas.

Un abrazo para todos!!!

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Dar de sí mismo

Laurita, aunque contase apenas ocho años de edad, tenía un corazón generoso y muy deseoso de ayudar a las otras personas.

Cierto día, en el aula de Evangelización Infantil que frecuentaba, hubo oído a la profesora, explicando el mensaje de Jesús, hablaba de la importancia de hacer caridad, y Laurita se puso a pensar en qué ella, aún tan pequeña, podría hacer de bueno para alguien.

Pensó… pensó… y decidió:

– ¡Ya sé! Voy a dar dinero a algún necesitado.

Satisfecha con su decisión, buscó entre las cosas de su madre y encontró una bonita moneda.

Viendo a Laurita con dinero en la mano y encaminándose para la puerta de la calle, la madre quiso saber adónde iba ella. Contenta por estar intentando hacer una buena acción, la niña respondió:

– ¡Voy a dar este dinero a un mendigo!

La madre, con todo, consideró:

– ¡Hija mía, esta moneda es mía y tú no puedes darla a nadie porque no te pertenece!

Sin gracia, la niña devolvió la moneda a la madre y fue para la sala, pensando…

– Bien, si no puedo dar dinero, ¿qué podré dar?

Meditando, miró distraída para el estante de los libros y una idea surgió:

– ¡Ya sé! La profesora siempre dice que el libro es un tesoro y que trae muchos beneficios para quien lo lee.

Eufórica por haberlo decidido, cogió en el estante un libro que le pareció interesante, y ya iba saliendo de la sala cuando el padre, que leía el periódico acomodado en la butaca preferida, la interrogó:

– ¿Qué vas a hacer con ese libro, hija mía?

Laurita infló el pecho e informó:

– ¡Voy a darlo a alguien!

Con serenidad, el padre cogió el libro de la hija, afirmando:

– Este libro no es tuyo, Laurita. Es mío, y tú no puedes darlo a nadie.

Tremendamente decepcionada, Laurita decidió dar una vuelta, estaba triste, sus intentos para hacer la caridad no habían tenido buen éxito y, caminando por la calle, contenía las lágrimas que se obstinaban en caer.

– ¡No es justo! – replicaba. – ¡Quiero hacer el bien y mis padres no me dejan!

En eso, ella vio una compañera de la escuela sentada en un banco de la placita. La niña parecía tan triste y desanimada que Laurita olvidó el problema que tanto la afligía.

Aproximándose, pregunto amable:

– ¿Qué es lo tienes, Raquel?

La otra, levantando la cabeza y viendo a Laurita a su lado, se desahogó:

– Estoy molesta, Laurita, porque mis notas son malas. No consigo aprender a hacer cuentas de dividir, no sé las tablas y he ido muy mal en las pruebas de matemática. De ese modo, voy a acabar perdiendo el año. Ya no bastan las dificultades que tenemos en casa, ahora mis padres van a quedarse preocupados conmigo también.

Laurita respiró, aliviada:

– Ah! Bueno, si fuera por eso, no necesitas quedarte triste. En cuanto a los otros problemas, no sé. Pero, en relación a las matemáticas, felizmente, no tengo dificultades y puedo ayudarte. Vamos hasta tu casa e intentaré enseñarte lo que sé.

Más animada, Raquel condujo a Laurita hasta su casa, situada en un barrio distante y pobre. Quedaron toda la tarde estudiando.

Cuando terminaron satisfecha, Raquel no sabía como agradecérselo a la amiga.

– Laurita, yo aprendí muy bien lo que tú me enseñaste. No imaginas como fue bueno haberte encontrado en aquella hora y el bien que tú me hiciste hoy. Confieso que no tenía gran simpatía por ti. Te encontraba orgullosa, reservada, y veo que no es nada de eso. Eres muy buena y una gran amiga. Vale.

Sintiendo gran sensación de bienestar, Laurita comprendió la alegría de hacer el bien. Cuando menos esperaba, sin dar nada material, percibía que realmente había ayudado alguien.

Se despidieron, prometiéndose mutuamente continuar estudiando juntas.

Volviendo para la casa, Laurita contó a la madre lo que hizo, comentando:

– La casa de Raquel es muy pobre, mamá; creo que están necesitando de ayuda. Me gustaría poder hacer alguna cosa por ella. ¿Puedo darle algunas ropas que no me sirven más? – preguntó, algo temerosa, acordándose de las “broncas” que hubo tenido algunas horas antes.

La señora abrazó a la hija, satisfecha:

– Estoy muy orgullosa de ti, Laurita. Actuaste verdaderamente como cristiana, enseñando lo que sabías. En cuanto a la ropa, son “tuyas” y podrás hacer con ellas lo que creas mejor.

Laurita abrió los ojos, sonriendo feliz y, al final, comprendiendo el sentido de la caridad.

– Es verdad, mamá. ¡Son mías! Mañana aún la llevaré para Raquel. Y también algunos zapatos, un par de tenis y unos libros de historias que ya leí.

Tía Celia.

Traducción: ISABEL PORRAS GONZÁLES – isy@divulgacion.org

Funte: El Consolador – Revista Semanal de Divulgación Espírita.
Autora: Célia Xavier Camargo

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